Federico E. Cavada Kuhlmann
Comunicólogo y Sociólogo
Hace
más de cien años atrás un grupo de
unos veinte hombres curtidos por las
dificultades sufridas en la selva
del Peten –en Guatemala- llegaron al
pie de las ruinas de unos colosales
templos mayas.
Frente a ellos se alzaban las
terrazas de los observatorios mayas
desde donde los astrónomos seguían
el curso de los astros con tanta
precisión como si estuvieran hoy en
el Observatorio del Palomar.
Pero
para los rudos hombres que componían
la cuadrilla esto no significaba
nada, a ellos solo les interesaba
los chicozapotes, el árbol que
produce el chicle, porque eran una
cuadrilla de chicleros que les
importaba la cantidad que podrían
extraer para entregar a la empresa
norteamericana que lo envasaba, la
Adams.
Esto
ocurría desde que el General
Santana, Presidente de México le
hizo una visita a su colega de
Estados Unidos en la Casa Blanca.
Al
secretario del presidente de USA, G.
Adams le llamo la atención que el
General mexicano –mientras
conversaba- se ponía en la boca un
pelotita que mascaba durante un rato
y que después arrogaba en el canasto
de los desperdicios. Le pregunto de
que se trataba y así los yanquis -y
a través de ellos el mundo-
descubrieron el chicle de los mayas
Cuatrocientos años después que los
mayas abandonaran el lugar donde se
alzaban las colosales
construcciones, por primera vez
volvían los hombres a habitar en la
profundidad de la selva, fundando un
poblado que ellos llamaron El
Bambunal, por la imponente cantidad
de bambú que rodeaba la aguada.
Durante muchos años vivieron
ascendiendo los chicozapotes,
hiriendo con sus filosos machetes en
largos canales descendentes la suave
corteza del árbol para que por ellos
corriera el tesoro natural del
chicle, que desde hacia miles de
años los mayas venían mascando para
entretener sus ocios y que ahora
mascaban con fruición los
norteamericanos. Nada alteraba la
chicleros, las mulas diariamente
partían con rumbo al Río Dulce con
su preciada carga de esa resina
aglutinante, lechosa y pegajosa
masticable. Hasta que en 1916 llego
S. Morley y descubrió la importancia
de esas construcciones mayas,
interpreto en los glifos de sus
paredes y estelas que el nombre del
lugar era Uaxactum, ocho piedras u
ocho en piedra. Así el mundo se
entero de otra de las imponentes
obras de los arquitectos mayas. Han
pasado noventa años. El lugar siguió
durante muchos años siendo centro de
explotación del chicle. Las mulas
fueron reemplazadas por el avión que
muchas veces llegaba tres veces por
día a la pista que aun existe. Se
termino la explotación del chicle y
quedo allí una población de mas de
cien familias que dan vida a una
interesante experiencia de vida.
En el
lugar nació una niña llamada Neria
Virginia, que como la mayoría de los
habitantes del poblado, antes de
viajar por primera vez en un micro
lo había hecho decenas de veces en
avión. Se hizo maestra de Escuela y
durante veintinueve años enseño
donde nació.
Apasionada por el lugar, con un
profundo conocimiento del bosque y
un ejemplar amor por el pasado maya
le dio forma a un Turismo Cultural
que reúne la aventura al
conocimiento y es así como el
visitante de El Chiclero –cuyo costo
diario llega a los 40 dólares,
habitación y comida- puede partir
-como lo hice yo-, a visitar las
ruinas del El Mirador -en la
frontera con México- en un viaje en
mulas que le ocupara entre ocho y
quince días y durante el cual
visitara otros sitios arqueológicos
como Naxtun, La Muralla y Nacbe.
Si lo
que se busca vivir intensamente la
naturaleza, se puede internar por la
selva para llegar al Biotopo El
Zotz. También existe en el poblado
el mas importante museo arqueológico
privado del Peten con piezas
cerámicas y piedra de mas de medio
milenio de antigüedad.
Pero
la experiencia que uno puede ganar
al visitar El Chiclero no se reduce
solo a lo relatado. Desde Febrero
del 2000 el Gobierno de Guatemala
entregó la concesión de 83.000
hectáreas a los pobladores de
Uaxactum para su manejo y
explotación forestal. En esta
pintoresca aldea enclavada en lo
profundo de la selva petenera en la
Península del Yucatán, rodeada de
caobas, mimbrales y pimientos, casi
en el corazón de la Biosfera Maya, a
escasos 26 kilómetros mas al
interior de Tikal, la gente aprendió
a vivir del bosque protegiéndolo y
trabaja fundamentalmente explotando
el xate -una planta ornamental que
exportan a USA, Alemania y Holanda-,
la pimienta gorda y diversas plantas
medicinales, así hemos tenido la
posibilidad de ver en acción a la
comunidad organizada que actúa en la
construcción de su futuro.
En
los días que visite Uaxactúm y
estuve en El Chiclero, el lugar era
visitado por un grupo de turistas
norteamericanos que van
periódicamente para darle una mano a
Nuria Verónica en su activa tarea
con los habitantes del poblado y con
los turistas. Lo niños que asisten a
la Escuela Ecológica que funciona
contigua a la Posada gozaban -esos
días- de vuelos en el avión de los
gringos que les permitía admirar
desde al aire su selvático hábitat y
lo imponente de los templos Mayas
que se alzan por sobre los gigante
verdes de la selva.
Uaxactum, selva, aventura, ruinas
mayas, chicle y cerámicas, gente
viviendo en la profundidad de la
selva-como en los programas que
vemos por la TV cable.